lunes, 9 de febrero de 2015

CÓMO MANTENER LA LLAMA EN NUESTRA RELACIÓN DE PAREJA


“Estoy enamorado como el primer día”. Hemos escuchado esta frase en muchas ocasiones o incluso la hemos pronunciado pero, ¿realmente es así?. Cualquier sentimiento va evolucionando con el paso del tiempo y esto mismo ocurre con el sentimiento amoroso.

En un primer momento, todos nuestros pensamientos y energías se vuelcan en el objeto de nuestro amor. La pasión y las ganas de estar junto al otro son enormes. Nos cuesta mantener la concentración en otras cosas y dedicamos a la pareja la mayor cantidad de tiempo posible.

Con el tiempo, la intensidad de estas experiencias disminuye y recuperamos de nuevo la normalidad. Este cambio resulta necesario y es muy adaptativo ya que, si no se produjera, dejaríamos de cuidar otros aspectos muy importantes de nuestra vida como el trabajo, los amigos, la familia o nuestras aficiones.

Así pues, la pasión disminuye en cierta medida pero  la confianza, la intimidad y el compromiso se hacen más fuertes.

 

No obstante,  la rutina diaria, nuestras actividades cotidianas o el ritmo de vida vertiginoso en el que vivimos, no debe impidedirnos seguir alimentando la “llama” en nuestra relación de pareja. Por ello, os hago las siguientes sugerencias:

 

  • Dedicar un espacio y un tiempo exclusivo a nuestra pareja cada día: establecer espacios exclusivos para la relación y el amor. Además de cumplir con las obligaciones laborales, con los amigos, con las distintas actividades… reservar momentos para la pareja la enriquece y prolonga el romance.

  • Buscar actividades nuevas y diferentes para compartir con la pareja: es una forma de acabar con la rutina y aumenta la motivación. También es buena idea incluir a la pareja en algunas de las cosas que nos interesan y viceversa.
     
  • Promover la comunicación: hablar sobre necesidades, deseos, ilusiones, preocupaciones… es un aspecto fundamental dentro de la dinámica de una relación.
     
  • Favorecer la calidez afectiva: las parejas se sustentan fundamentalmente en el afecto. Así pues, es importante cuidar las palabras cariñosas que le dirigimos al otro, besar y cuidar determinados gestos y detalles.
    Podemos también aprovechar las fechas señaladas, como aniversarios,  ya que son una oportunidad para hacer algo distinto a lo de siempre. Si jugamos con la imaginación, ayudamos a que el encanto y la pasión no decaigan.
     
  • Facilitar el contacto físico: cuidar el aspecto personal, preparar un entorno adecuado, seducir al otro…son elementos que facilitan el encuentro y el pasarlo bien en compañía de nuestro compañero/a. No se trata tanto de acabar manteniendo relaciones sexuales como de disfrutar de un contacto mutuamente gratificante. Si esto deriva en una relación sexual deseada por los dos será algo bueno pero no es el objetivo último.



  • Cuidar de nosotros mismos: cuidar nuestro aspecto físico, alimentarnos y descansar adecuadamente, dedicar un tiempo a lo que nos hace sentir bien… nos ayuda a tener una buena autoestima, enriquece a nuestra pareja, hace que gustemos más a los demás y que resultemos más interesantes.

 

 

 

Paloma Suárez Valero.

Alicia Martín Pérez.

AMP Psicólogos.

www.psicólogosaranjuez.com

miércoles, 7 de enero de 2015

EXIGIR POSITIVAMENTE A NUESTROS HIJOS

Uno de los objetivos principales que normalmente nos planteamos las madres y los padres es que nuestros hijos e hijas vayan integrándose en los diversos ámbitos de la vida, conociendo sus deberes y derechos, y alcanzando una madurez y responsabilidad progresivas. Educar con este planteamiento va a evitar situaciones de dependencia, inmadurez social e inseguridad. 

A menudo, escuchamos a padres y madres afirmar que quieren que sus hijos sean felices, y sin ser conscientes de ello, tratan de satisfacer este fin evitándoles las dificultades que encuentran, anticipándose a sus deseos, dándoles cuanto piden o cediendo ante cualquier resistencia o contrariedad. Estas actuaciones en un momento inicial suponen para el niño/a una satisfacción, sin embargo a medio y largo plazo pueden convertirse en obstáculos que dificulten su desarrollo y la adquisición de la responsabilidad.

En otras ocasiones, nos encontramos con muchas dificultades por parte de los padres para enseñar disciplina a sus hijos. En este sentido es importante aprender a manejar adecuadamente la autoridad con los niños. Las normas de nuestro hogar tienen que ser pocas, claras y bien comprendidas. Es decir, el niño/a tiene que saber lo que debe o no debe hacer, así como las consecuencias de incumplir lo acordado.

Es fundamental dictar las normas desde el afecto y no dejándose llevar por el nerviosismo del momento, el capricho o el interés por dominar al niño/a. Deben formularse de manera positiva, no a modo de decálogo de prohibiciones y deben ser razonadas, para que nuestros hijos e hijas comprendan los motivos de éstas y para que piensen y decidan por sí mismos sin necesidad de órdenes impositivas.

Estas ideas se recogen en el modelo educativo de exigencia positiva, que se fundamenta en 4 pilares básicos:

  1. Los padres deben abundar en elogios, felicitar con frecuencia a su hijo tanto por lo hace bien como por que intenta hacer bien; por ejemplo, el niño va a ser felicitado tanto si ha hecho su cama perfectamente como por el simple hecho de haberla intentado hacer. Esta actitud fomenta su ilusión por hacer nuevas tareas y favorece su autoestima.
  2. Los padres deben exigir, con moderación, a sus hijos, velar por el cumplimiento de las normas familiares por parte del niño, siempre adaptadas a su edad o nivel de desarrollo. 
  3. Hay que corregir sin atacar a los niños. Cuando un niño está aprendiendo a hacer algo, no tiene porqué hacerlo bien a la primera, el adulto es el responsable de enseñarle cómo hacerlo (hacer de modelos e instructores) sin que el niño se sienta atemorizado, cuestionado, amenazado. Hay que desterrar las descalificaciones globales del tipo: "¡Ya sabía que lo ibas a hacer mal!" o "¡Eres un inútil!". Si algo no es correcto hay que descalificar la conducta inadecuada no a la persona. 
  4. La exigencia positiva considera que los padres deben tener en cuenta las capacidades del niño y permitirle arriesgarse, afrontar nuevas situaciones que le permitan conocer cuáles son sus límites. Además, deben ser tolerantes con los fracasos del niño y no coartarle, ante nuevas iniciativas, sino acompañarle para la realización o experimentación de nuevas situaciones. 

Aplicar en casa estas ideas puede parecer una complicada, pero puede aportar enormes beneficios a nivel familiar e individual en el niño. Se ha corroborado que los niños de padres que educan siguiendo este modelo están más felices consigo mismos, presentan mejor autoestima, autonomía y responsabilidad. Son más competentes socialmente, persisten en las tareas que emprenden consiguiendo mayores éxitos y presentan mejor autocontrol.

AMP Psicólogos
Magdalena Sáez Valls
Alicia Martín Pérez

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Navidades en familia

La llegada de la Navidad generalmente inspira emociones muy especiales en padres e hijos. Para los niños suele ser una época que esperan durante todo el año por la magia que la rodea, el protagonismo que se les otorga y la llegada de sorpresas y regalos. 
La Navidad, como toda festividad colectiva, ofrece al niño la oportunidad de adquirir un sentido de pertenencia a una familia, una historia y una cultura particular. Los encuentros familiares les posibilitan una esfera de interrelación entre las personas: la experiencia de tener una familia más extensa les aporta sensación de seguridad y protección. Es un paso más allá de papá y mamá, o de las relaciones que han establecido en el colegio.
También para los padres, la navidad suele ser una época especial, para celebrar en familia y disfrutar con actividades diferentes. Así mismo, no cabe duda de que, como todo momento de vacaciones, tienen que hacer frente a responsabilidades y tareas que no se plantean en otros momentos del año. Los niños pasan más tiempo en casa y es preciso dedicarles mayor atención. Además, estas fechas se asocian con la búsqueda y reparto de regalos, que en ocasiones puede llegar a generar cierto nivel de estrés. 
Especialmente en los últimos tiempos, debido a las dificultades económicas que atraviesan muchas familias en nuestro país, muchos padres se muestran preocupados por no poder afrontar el mismo gasto en regalos que en años anteriores, y se plantean cómo transmitir este hecho a sus hijos. En este sentido, lo más importante es afrontar la situación de la forma más natural posible: con la información adecuada los niños son capaces de gestionar esas pequeñas desilusiones, y pueden incluso aprender importantes valores de la vida como son el cariño y apoyo de nuestros seres queridos, la capacidad de disfrutar de los momentos buenos, aunque existan algunos problemas.
Quizás esta circunstancia puede acarrear alguna consecuencia positiva, como por ejemplo restablecer la idea de la navidad como un tiempo en el que el valor principal lo aporta el hecho de poder estar en familia y disfrutar de este tiempo juntos, sin que necesariamente tengan que estar presentes las compras excesivas. Podemos aprovechar estas fechas para enseñar valores, realizar actividades productivas y creativas, que ayuden a los niños a desarrollar otras capacidades que harán de ellos mejores personas.
Algunas sugerencias sencillas, divertidas y muy recomendables para compartir entre padres e hijos son las siguientes:
  • Cocinar con los niños: A los niños les divierte experimentar con diferentes texturas, olores y sabores. Se trata de una tarea de adultos que suele resultar atractiva para los más pequeños. Además puede convertirse en un buen regalo, hacer unas galletas de formas especiales para regalar a los abuelos, seguro que lo agradecerán.
  • Realizar manualidades: que pueden servir de regalo para otros miembros de la familia. 
  • Crear tarjetas de felicitación: Además de estimular la creatividad del niño, nos ayuda a dar una lección de generosidad. La Navidad es el momento por excelencia para enseñar la lección de dar, de recibir y ser agradecido.
  • Planear una representación teatral: Cuando las familias se reúnen los niños pueden aprovechar para preparar una representación en la que cada uno desarrollará un papel. A los niños les encanta sentirse protagonistas e interpretar otros personajes.
  • Cantar villancicos: A los niños les encanta cantar y la música tiene efectos muy beneficiosos en ellos. Además, a través de la música se pueden establecer nuevas formas de comunicación entre padres e hijos.
  • Leer juntos: Existen muchos cuentos e historias asociadas a la Navidad que se pueden compartir. 
  • Hacer un calendario familiar: Comienza el año y en todas las casas resulta muy útil tener un calendario. Una opción divertida puede ser elaborarlo entre todos. Llevará algo más de tiempo, pero será un entrañable recuerdo para rememorar durante los siguientes 365 días.
Estas son sólo algunas sencillas ideas que pueden servir como inspiración para padres que deseen hacer de estas fiestas algo diferente. Estas actividades nos brindan la oportunidad de acercarnos a nuestros hijos de una forma nueva y potenciar nuestros vínculos con ellos.
Magdalena Sáez Valls
Alicia Martín Pérez
AMP Psicólogos

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Los trastornos de ansiedad en la infancia y la adolescencia


Todos los seres vivos estamos dotados de un sistema biológico que nos permite experimentar ansiedad o temor. En los niños, la emoción del miedo cumple una función importante ya que los alerta y protege en situaciones para las que todavía no han desarrollado las habilidades necesarias y que podrían resultar peligrosas.

Así, sentimientos tales como el miedo, la ansiedad y la tristeza se presentan de forma normal en algún momento del desarrollo. Las causas de los mismos, la forma en que se manifiestan y sus funciones adaptativas cambian conforme el niño crece y pasa de la infancia a la adolescencia.

La ansiedad se considera normal y funcional cuando se trata de una respuesta que se explica claramente por el estímulo que la desencadena, cuando es adaptativa o lleva consigo una utilidad para el individuo, cuando es adecuada y proporcionada a la situación que la provoca, y cuando no conlleva una expresión corporal intensa. 

Sin embargo, cuando la ansiedad se presenta en situaciones ambiguas en las que no se entiende la razón por la que surge, produce un malestar importante y no ayuda a la adaptación del individuo sino que lo desajusta, provocándole síntomas físicos desproporcionados, hablamos de ansiedad patológica.

En la infancia, los trastornos de ansiedad constituyen la problemática más frecuente en las consultas de los especialistas, presentándose en aproximadamente entre el 9 y 21% de los niños y adolescentes de la población, lo cual constituye un problema de salud importante a estas edades.

Como se ha mencionado anteriormente, la identificación de la ansiedad como patológica puede resultar difícil pues, en ocasiones, son expresiones exageradas o temporalmente inadecuadas de lo que se consideran reacciones normales y adaptativas: el miedo y la ansiedad.

Las manifestaciones de ansiedad serán diferentes según la etapa del desarrollo. En los niños más pequeños se presenta a menudo como actividad excesiva, comportamientos estridentes y de llamada de atención, dificultades en la separación temporal de sus padres, o en el momento de ir a dormir. Las manifestaciones conductuales de la ansiedad pueden conducir a diagnósticos inadecuados de trastorno de déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH), trastorno desafiante y oposicionista u otros problemas de conducta.

A medida que los niños van creciendo, son más capaces de describir sus vivencias subjetivas, y pueden denominarlas usando diferentes vocablos como miedo, nerviosismo, tensión, rabia. Un problema de ansiedad también puede evidenciarse a través de comportamientos disruptivos o antisociales.

A continuación se describen brevemente los trastornos de ansiedad más habituales en la infancia y adolescencia:

1. Trastorno de ansiedad por separación: Hace referencia a una ansiedad elevada que presenta el niño cuando se separa real o supuestamente de sus seres queridos, especialmente de sus padres. El niño se preocupa cuando sus padres salen de casa (por motivos de viaje, de trabajo o simplemente si se retrasan en sus quehaceres cotidianos fuera de casa). Teme que les haya pasado algo malo, que se pongan enfermos o que se mueran.

2. La fobia escolar hace referencia al miedo y rechazo del niño a acudir a la escuela por alguna situación o persona relacionada con ella: problemas con algún profesor o compañero, dificultades durante el recreo o la comida, etc. Se trata de un trastorno de ansiedad muy incapacitante en tanto el niño puede dejar de acudir a la escuela durante largos períodos de tiempo, con las alteraciones a nivel de rendimiento escolar y de relaciones sociales que se derivan.

3. Fobia social: El niño o adolescente con fobia social experimenta una ansiedad elevada ante un amplio abanico de situaciones sociales: le cuesta preguntar la hora o una dirección a un desconocido por la calle, le cuesta mucho entablar una relación de amistad con niños/as de su edad, evita participar en clase, hablar con los profesores, ir a fiestas o llamar por teléfono, etc.

4. Trastorno de ansiedad generalizada: El rasgo distintivo de este cuadro es la presencia de preocupaciones excesivas por diferentes situaciones o actividades de la vida cotidiana. Estas preocupaciones se consideran excesivas porque ocupan mucho tiempo (el niño o adolescente rumia de forma constante sobre ellas) y porque causan malestar (al niño o adolescente le gustaría no preocuparse tanto por ellas). Además, es incapaz de controlar esta preocupación.

5. Trastorno obsesivo compulsivo: Este trastorno se compone de obsesiones (pensamientos o imágenes desagradables que aparecen de forma reiterada contra la voluntad del sujeto) y de compulsiones (conductas que se realizan con el propósito de reducir o eliminar la ansiedad provocada por las obsesiones).

Como padres, jugamos un importante papel en caso de que nuestro hijo presente un problema de ansiedad. Si el ambiente es comprensivo y se emplean estrategias que ayuden al niño, éste se verá beneficiado. Sin embargo, los ambientes que minimizan o culpan al niño del problema, o que le obligan a enfrentarse a una situación para la que no se encuentra preparado, estarán provocando un rechazo del niño a compartir sus problemas y pedir ayuda y, por tanto, comprometerán su mejoría. 

La evolución natural de la ansiedad en niños sin tratamiento puede derivar en serias repercusiones en el funcionamiento académico, social y familiar de los niños, interfiriendo de forma importante en el desarrollo del concepto de sí mismos y la autoestima.


Las principales modalidades de tratamiento en la práctica clínica son la terapia cognitivo conductual (TCC), las intervenciones informativas para familiares y el tratamiento farmacológico. Si la ansiedad es atípica para la edad del niño o niña, perdura en el tiempo, no hay signos de mejoraría, y está causando problemas significativos, se recomienda acudir a un profesional en busca de estrategias concretas que ayuden al niño a superar sus dificultades.

Magdalena Sáenz Valls
Alicia Martín Pérez
AMP Psicólogos Aranjuez

lunes, 10 de noviembre de 2014

LAS EMOCIONES: ¿POSITIVAS O NEGATIVAS?


Podemos definir las emociones como estados intensos caracterizados por pensamientos, reacciones fisiológicas y conductas específicas, que surgen de modo repentino en respuesta al entorno que nos rodea. Son reacciones subjetivas, es decir, las reacciones emocionales son el resultado de nuestra manera particular de interpretar las situaciones que vivimos. Es por ésta razón, que no todos reaccionamos igual emocionalmente ante un mismo acontecimiento, ya que cada uno de nosotros da un significado distinto, personal y mediado por la propia experiencia, a cada situación concreta.

 

Las emociones son una dimensión psicológica necesaria para la supervivencia. Suponen un “impulso” para la acción y la comunicación, y se relacionan con procesos neuroquímicos y cognitivos que tienen que ver con la toma de decisiones, la memoria, la atención, la percepción o la imaginación. Sin embargo, en muchas ocasiones nos resultan enigmáticas o difíciles de comprender y manejar.

 

A pesar de ser tan importantes, tradicionalmente se les ha restado valor, considerando que potenciaban la vulnerabilidad del ser humano y haciendo prevalecer la razón como forma más adecuada de conducir nuestras vidas. Ya Platón señaló que las emociones eran caballos salvajes que tenían que ser refrenados por la razón. Así, se ha asimilado a fortaleza o competencia el ser capaces de controlar, eliminar u ocultar cualquier atisbo de emocionalidad.

Los estudios y la profundización en el conocimiento del ser humano han puesto en evidencia que solo es posible mantener una buena relación con nosotros mismos y con los demás cuando existe un adecuado equilibrio entre razón y emoción.


                Una manera común de clasificar las emociones es en positivas o negativas, dependiendo de que las sensaciones que las acompañan sean agradables o desagradables. Esta clasificación, si bien es fácilmente entendible, nos lleva a confusión ya que tanto unas como otras son de vital importancia para nuestra adaptación y supervivencia. Las llamadas “positivas” nos indican aspectos protectores, sanos, satisfactorios o placenteros de la vida, a los cuales acercarnos y propiciar su mantenimiento, mientras que las “negativas” nos indican aspectos peligrosos o dañinos de los cuales apartarnos o mantenernos en vigilancia. Por ello, se considera más adecuado sustituir la idea de emociones positivas o negativas, por la de emociones apropiadas o inapropiadas.

Esto es así porque todas las emociones son sanas cuando se identifican, se entienden y se expresan adecuadamente, pero dejan de serlo cuando se exaltan, se reprimen o se expresan de modo exagerado, pudiendo convertirse en patológicas.


Para comprender mejor esta idea, presentamos un breve análisis de algunas de las emociones básicas.

La cólera o ira, es una emoción que nos indica que algo importante para nosotros está en peligro. En positivo nos lleva a la autoafirmación, a proteger nuestro territorio y a defender lo que es justo poniendo límites.

Sin embargo, cuando es excesivamente intensa y duradera, se reprime o se oculta, se transforma en resentimiento, irritabilidad, agresividad, odio y aislamiento social. A su vez, cuando se manifiesta de forma exagerada nos crea conflictos, sentimientos de culpa e incapacidad.

La tristeza, nos permite reconocer las pérdidas, llevándonos a conectar con nosotros mismos, a la introspección, la autoconsciencia, ayudándonos a recomponernos.

Pero cuando nos quedamos instalados en ella, la negamos y ocultamos puede convertirse en depresión.

El amor es enriquecedor y estimulante, proporciona apoyo y protección, nos moviliza a acercarnos a los demás, a compartir, a cuidar, es el motor de gran parte de nuestras virtudes.

No obstante, se puede transformar en algo destructivo cuando nos lleva a la sobreprotección, a la dependencia o a los  en celos.

El miedo, forma parte de nuestro sistema de alerta y permite protegernos de los peligros. Puede convertirse en algo inadecuado cuando se activa ante estímulos que no son realmente dañinos, bloqueándonos, paralizándonos, impidiéndonos afrontar retos y avanzar.

La alegría, nos permite reconocer las bondades de la vida, genera bienestar y energía y nos impulsa a la acción. Podríamos decir que es el estado en que todos queremos vivir.

En ocasiones, ésta puede convertirse en peligrosa cuando se convierte en euforia, nos aleja de la prudencia o nos impide medir nuestros verdaderos límites, llevándonos a la temeridad.

La aversión, nos indica la presencia de algo que puede ser perjudicial para nosotros, ayudándonos a alejarnos de tales estímulos. Pero se puede transformar en fobias cuando nuestra activación es excesiva.


A modo de conclusión podemos resaltar algunos aspectos:

  • Todas nuestras emociones cumplen una función positiva, aunque algunas las vivamos como algo molesto.
  • El modo en que las gestionemos a nivel interno y la forma de expresarlas serán la clave para lograr el bienestar emocional.

La psicología como ciencia que estudia al ser humano ha elaborado distintas estrategias que permiten superar aquellas dificultades que en ocasiones perturban nuestra vida emocional.

 

 

Paloma Suárez Valero.

Alicia Martín Pérez.

AMP Psicólogos.

www.psicologosaranjuez.com

lunes, 30 de junio de 2014

A.M.P. PSICÓLOGOS : LA VUELTA AL COLE "CON BUEN PIE"









El inicio del curso supone un momento muy importante en la vida de niños y padres. Implica un cambio, una evolución y una ruptura con el curso anterior. Así como a nivel académico se plantean nuevos retos y objetivos que potencian la adquisición de habilidades más complejas, a otros niveles educacionales, es interesante también promover avances.
En casa, es importante adaptar el nivel de exigencias de los padres a las posibilidades y destrezas de cada niño, así como a lo esperado a su edad. Un estilo de crianza basado en la exigencia positiva considera que los padres deben tener en cuenta las capacidades del niño y ayudarle a ser cada vez más autónomo y a afrontar nuevas situaciones como parte normal de su crecimiento. En este aspecto, no hay que olvidar ser tolerantes con los fracasos propios de todo proceso de aprendizaje al inicio y animar a nuestros hijos a desarrollar iniciativas. Por ejemplo, si este año le invitan por primera vez a dormir a casa de un amigo, le dejaremos ir aunque sepamos que tendremos que ir a buscarlo a mitad de la noche, o le dejaremos ducharse solo, aunque sepamos que tendremos que volver a aclararle la cabeza.
 Por lo que respecta al estudio, que suele ser una preocupación importante para padres, lo fundamental es crear unos hábitos. Este objetivo debe plantearse como algo progresivo, por lo que se partirá de unos mínimos que se irán incrementando poco a poco a medida que las semanas y el nivel de exigencia de curso vayan avanzando.
Es conveniente centrarse en establecer unos horarios y unas rutinas fijas, es decir, unas horas de inicio y de finalización estables y, a ser posible, todos los días igual. El niño aprende a organizarse mejor si se le presenta una  secuencia de actividades (por ejemplo, sentarse a hacer las tareas después de merendar) que siguiendo sólo las horas del reloj. Es importante tomar conciencia que el objetivo no es tanto ayudarle concretamente en las tareas, sino enseñarle a ser autónomo y que se pueda organizar solo.
Desde el principio, y sobre todo en casos de dificultad y con profesores nuevos, los padres deben estar bien informados de todo lo relacionado con el centro escolar de sus hijos. No sólo en relación con las notas, sino también en lo referente a sus relaciones con compañeros o profesores.
En la planificación de las actividades que van a realizar los niños durante el curso, nos gustaría hacer espacial hincapié en la importancia de la actividad física. Existen estudios que ponen de manifiesto la relación entre la práctica del deporte de los menores y su mayor fortaleza psicológica, lo que conlleva un mejor manejo de la ansiedad y el estrés. En esta línea, el deporte supone una válvula de escape en la rutina de las obligaciones, por no hablar de los claros beneficios que tiene para la salud y el desarrollo, no sólo físico, sino también socio-afectivo.
En resumen, animamos a plantear el nuevo curso como una nueva etapa en la que se puede promover en nuestros hijos el aprendizaje de nuevas habilidades y destrezas que los ayuden a convertirse de hecho en un poco más “mayores”.
Magdalena Sáenz Valls
Alicia Martín Pérez
AMP Psicólogos Aranjuez
www.psicologosaranjuez.com






miércoles, 18 de junio de 2014

Vacaciones, adolescencia y límites

La llegada de las vacaciones de verano supone una alteración importante en las rutinas familiares, el ritmo de vida cambia, las obligaciones a las que tienen que hacer frente los hijos se reducen drásticamente y aumentan las posibilidades de ocio y los planes con amigos.

Ante esta situación, es frecuente que surjan dificultades tanto por parte de los padres, como por el lado de los hijos. En los padres surgen dudas sobre cómo gestionar el grado de libertad que otorgan a sus hijos, y en los hijos surgen problemas para tolerar la frustración de sentirse limitados por sus padres.

En general, es muy frecuente que padres e hijos adolescentes encuentren complicado el llegar a acuerdos cuando aparecen posturas diferentes en torno a temas importantes para ambas partes. Es posible que las dificultades se deban a dudas en torno al funcionamiento psicológico de los jóvenes, y a las decisiones más oportunas y que mejor garantizan la armonía familiar y el logro de los objetivos educativos de los padres.

La adolescencia es una etapa caracterizada por la búsqueda por parte del individuo de una identidad personal, propia y separada de la de los demás, que le prepare para dar respuesta a futuras obligaciones y responsabilidades. Para ellos, esta etapa es por una parte estimulante porque les brinda sensación de libertad, pero por otra les asusta y necesitan que alguien les oriente y les diga qué es lo que más le conviene y por qué.

Una idea muy importante es que lo que en general molesta más a los adolescentes no es tanto el límite como la imposición del mismo a la fuerza: “Soy tu padre, y aquí mando yo.” Ante la orden, el deseo de autonomía que todo adolescente lleva consigo actúa de resorte.

Por ello, es interesante tener algunas nociones que ayuden a plantear las situaciones de conflicto en términos de negociación. No hay que olvidar que nuestro hijo está creciendo y tiene derecho a participar en todo lo que atañe a su vida. Es lógico que, ante los límites de sus padres sienta algo de frustración y la manifieste. Los padres no tienen por qué doblegarse ante sus comentarios, pero pueden admitir que el adolescente necesita expresarlo.

En términos generales, podrían tenerse como referencia las siguientes ideas para una negociación con un hijo adolescente:

  • Es muy importante que dejemos claro, con tono tranquilo, cuál es nuestra postura ante la situación. Por ejemplo, podríamos considerar justo ampliar el horario de llegar a casa durante el verano, siempre dentro de unos límites.
  • El límite en estos casos ha de quedar perfectamente claro, y padre y madre han de coincidir en su determinación.
  • Insistir en la oferta de negociación, con frases en primera persona, preguntando directamente qué le parece, si le parece justo o si lo comprende.
  • Escuchar sus planteamientos es muy importante. Aunque nos resulte complicado, hay que tener en cuenta que nuestra baza más potente es la capacidad para empatizar con nuestro hijo. Esto significa ponernos en su lugar, hacerle saber que le hemos entendido. Se pueden utilizar frases del tipo: “si no te he entendido mal...”, “entonces lo que me quieres decir es...”, y frases en las que demuestre que es consciente de cómo se siente: “pienso que estás enfadado, preocupado, triste...”, “entiendo que te sientas así…”.
  • Tener presente que el acuerdo es nuestro principal objetivo, hacérselo saber a nuestro hijo.
  • Ignorar las quejas no razonables y seguir en nuestro empeño. Es muy importante tratar de no entrar en el juego de las discusiones.
  • Si llega el acuerdo, haremos un resumen claro y breve de lo que esperamos de él o ella y nos aseguraremos de que está todo claro.



A modo de conclusión, diríamos que es sano que los adolescentes vayan participando en las decisiones que les atañen, sin que ello suponga un menoscabo en la autoridad y responsabilidad de los padres.

En el ejercicio de esa autoridad, se obtienen mejores resultados cuando, en lugar de imponer, se llega a acuerdos parciales. Si les imponemos, probablemente nos desafiarán. Negociar implica reflexionar, admitir errores, reconocer la parte de razón del otro... se trata de ofrecer un ejemplo adecuado al adolescente sobre cómo resolver los problemas, ya sean fuera o dentro de casa.





Magdalena Sáenz Valls
Alicia Martín Pérez
AMP Psicólogos Aranjuez